—Entonces, ¿todavía sigues siendo pastor?— me preguntó alguien con más preocupación que curiosidad.
—Sí— le respondí, alargando la «i» y abriendo los ojos para que explicara mejor el motivo de su inusual pregunta.
—Es que ahora veo que hablas solo de Inteligencia Artificial y esas cosas, así que pensé que ya no eras pastor.
De inmediato me vinieron como mil pensamientos. Tenía solo segundos para escoger el mejor y responder con amabilidad. Así que le dije:
—Te comprendo, pero sí, soy un pastor que habla más de lo que debería sobre Inteligencia Artificial.
Y ahí quedó la conversación. Pero a mí no me quedó ahí.
Antes de continuar, quiero pedirte que no juzgues tan rápido a quien hizo la pregunta. Después de todo, yo mismo me puse a revisar mi timeline de Facebook y, a menos que tenga un alter ego, no hay otra cosa que pensar de un salto tan insistente a un tema aparentemente tan lejos de la vocación pastoral. Esa conversación, sin embargo, es la razón por la que estás leyendo esto. Porque me hizo darme cuenta de que la pregunta de esa persona no era un caso aislado, sino la misma pregunta que muchos se hacen aunque no la digan en voz alta: ¿qué tiene que ver la fe con la tecnología?
Y este blog existe para responder eso.
Un pastor con las manos en dos mundos
Empecé a servir al Señor en 2010, inicialmente con más motivación que información sobre lo que se trataba, pero pronto me encontré con la convicción de que era a lo que quería invertir todas mis fuerzas. Enseñar su Palabra, servir a mis hermanos en Cristo. Una convicción que, en lugar de debilitarse con el tiempo, se ha fortalecido.
Por la naturaleza del servicio a la iglesia y por una elección personal, siempre estuve inclinado a proveer para mi familia con lo que Dios me pusiera en las manos. Así que creé una empresa que hasta hoy ofrece servicios de tecnología a otras empresas y organizaciones. Es lo que desde entonces el Señor ha usado para pagar las cuentas y lo que me ha mantenido en contacto con la evolución de distintas áreas de la tecnología. Te puedo decir que mantener el equilibrio entre tecnología y Biblia siempre ha estado a la orden del día.
Por algún tiempo me sentí compitiendo con «las cosas espirituales». Pronto el Señor me permitió llegar a la comprensión de que todo lo que hago debe glorificarlo a Él, y que no hay una tarea que me haga más espiritual que otra. Esa fue, posiblemente, la primera grieta que se abrió en una mentalidad que había heredado sin darme cuenta.
Lo sagrado, lo profano y un malentendido que viene de lejos
Sé que en principio es difícil de ver. ¿Qué hay más espiritual que alguien en un púlpito abriendo la Biblia y hablando en tono solemne a un grupo de personas? Pero ser predicador no es algo que todos hacen, y por eso no puede ser que sean los únicos que hacen cosas espirituales y que traigan gloria a Dios.
Lo que pasa es que si todo lo que hacemos está impulsado por el mandato de glorificar a Dios, la diferencia se difumina. Por supuesto que se proclaman verdades de manera más clara cuando se enseñan desde la Escritura, y es la forma más directa de hacerlo. Pero quien trabaja con excelencia también glorifica a Dios cuando ve su labor como una extensión de la obra creadora. También lo hace quien muestra integridad, quien trabaja con honestidad, y quien comunica belleza y orden por medio de un trabajo de elevada estética.
Tengo la impresión de que la división pre-Reforma entre lo «sagrado» (el trabajo del clero) y lo «profano» (el trabajo común) todavía permea nuestra mentalidad. A pesar de que la Reforma protestante enfatizó la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes y la dignidad de toda vocación, hemos ido conformándonos a la idea de que «las cosas espirituales» solo las hacen quienes tienen alguna posición prominente en la iglesia, y que nada fuera de esa esfera puede tener algún peso de virtud más allá del provecho individual.
Esa mentalidad es probablemente la razón por la que algunos no pueden concebir a un pastor que hable de cosas tan humanas y, aparentemente, tan superfluas como la Inteligencia Artificial. Pero el problema con esa mentalidad es que reduce el reino de Dios a la esfera del culto. Y el reino de Dios no se reduce a la esfera del culto.
Toda la creación es campo de trabajo
La cosmovisión bíblica empieza con un dato del que no podemos prescindir si queremos pensar bien sobre la cultura, y es que Dios hizo el mundo, lo declaró bueno, y entregó al hombre la tarea de cultivarlo. El mandato cultural está ahí desde la primera página: fructificar, multiplicarse, llenar la tierra y sojuzgarla (Gn 1:28). Esa palabra, cultivar, es la raíz semántica de la palabra cultura. La cultura no es un producto secundario que el hombre genera por accidente al organizarse en sociedad. Es lo que el hombre hace porque es portador de la imagen del Creador. Es la extensión natural de un ser que fue diseñado para administrar lo creado.
Cuando entendemos esto, una buena cantidad de falsas dicotomías se vienen abajo. La distinción entre vida espiritual y vida ordinaria deja de tener sentido en los términos en los que la pensábamos. Cocinar, programar, cultivar el campo, escribir un sermón, levantar un negocio, componer música, criar a un hijo — todo eso es respuesta al mismo mandato. Lo que cambia es la forma; lo que permanece es el propósito.
Pero la historia tiene un giro doloroso, y no podemos saltárnoslo. La caída no solo afectó al hombre, también afectó la forma en que el hombre cultiva.
Lo que estaba diseñado para glorificar al Creador empezó a usarse para glorificar a la criatura. Herramientas, instituciones, el arte y también la tecnología quedaron tocadas por esa torcedura.
Eso explica por qué la cultura humana es ambigua. Produce catedrales y produce campos de exterminio. Produce vacunas y produce armas químicas. Produce algoritmos que ayudan a diagnosticar cáncer y produce algoritmos diseñados para volver adictos a los adolescentes.
La misma capacidad creadora que refleja la imagen de Dios puede ponerse al servicio del orgullo humano. Babel y Pentecostés son dos formas de usar el don del lenguaje, por ejemplo.
Es por eso que el evangelio no viene a destruir o competir con la cultura sino a redimirla. En Cristo, Dios reconcilia consigo no solo a los pecadores sino también la obra de sus manos (2 Co 5:19). Lo que se torció en Adán se endereza en el segundo Adán. La vocación de cultivar regresa a su propósito original, pero ahora con una claridad nueva: hacemos todo para la gloria del que dijo que todo era bueno en gran manera.
Esa es la razón por la que el cristiano no puede ser ingenuo frente a la cultura ni tampoco rendirse a ella. La gracia común sostiene en pie cosas valiosas incluso en manos no creyentes; la gracia salvadora orienta el corazón del creyente para que su trabajo apunte de nuevo al Creador. Eso aplica al carpintero, al maestro, al programador y al pastor. Aplica también al que crea modelos de inteligencia artificial.
Sub-creadores: una idea que ordena lo que parecía disperso
Admito que sería menos problemático si pudiera identificarme con una sola faceta y no parecer una especie de escritor con trastorno de personalidad múltiple. Pero es que no me siento dividido entre lo «espiritual» el domingo y lo «mundano» de lunes a viernes. Solo trato de ver cómo cada cosa que hago está impulsada por el mismo propósito. Glorificar a Dios, en formas más o menos evidentes, pero glorificar a Dios.
Hace un tiempo me encontré con una idea que le dio nombre a esa convicción. Viene de J.R.R. Tolkien, el autor de El Señor de los Anillos.
En 1939, Tolkien dio una conferencia en la Universidad de St. Andrews titulada On Fairy-Stories. En ella desarrolló un concepto que llamó sub-creación. Su argumento es a la vez sencillo y de largo alcance. Dios es el Creador. Él hizo el mundo de la nada. Los seres humanos, hechos a su imagen, no podemos crear ex nihilo como Él, pero sí podemos tomar los elementos que Él creó y darles nueva forma. A eso Tolkien lo llamó sub-crear. Lo había trabajado antes en su poema Mythopoeia, escrito a su amigo C.S. Lewis cuando este aún se resistía a la fe. En esos versos describe al hombre así:
El hombre, sub-creador, es la luz refractada a través de quien la única Luz Blanca se astilla en muchos matices, combinados sin fin en formas vivas que pasan de mente en mente.¹
La imagen es notable. Dios es la luz blanca. Nosotros somos el prisma. La luz pasa a través de nosotros y se refracta en múltiples colores, en múltiples creaciones. No inventamos la luz. La refractamos. Y al hacerlo, reflejamos la imagen del Creador que nos hizo.
Tolkien pensaba en historias, los cuentos de hadas, los mitos y en lenguajes. Pero la idea va mucho más allá. Cada vez que un ser humano toma los materiales de la creación, lógica, lenguaje, matemáticas, patrones, materia, sonido, y construye algo nuevo, está sub-creando. No produce algo desde la nada porque eso solo Dios puede hacerlo. Reorganiza lo que ya existe en formas que reflejan, aunque sea pálidamente, el orden y la belleza del Creador. El relato de Bezalel, lleno del Espíritu de Dios para tallar madera y forjar bronce y diseñar telas (Éx 31:1-5), no es una excepción decorativa en la Biblia. Es un anticipo de lo que somos llamados a ser.
Por eso este blog se llama SubCreadores. Es un nombre que confiesa una teología antes de que aparezca la primera línea de un artículo. Confiesa que solo hay un Creador. Confiesa que el ser humano refracta su luz y no la produce. Y confiesa que cuando esa refracción se hace en obediencia, la cultura producida apunta de regreso al que la hizo posible.
La inteligencia artificial como sub-creación
Ahora si, con todo eso en la mesa, podemos hablar en serio de la pregunta que motiva este blog.
La inteligencia artificial es, posiblemente, el acto de sub-creación más ambicioso que la humanidad ha emprendido. Estamos tomando las leyes de la lógica que Dios tejió en el universo, los patrones del lenguaje, la estructura del razonamiento estadístico, y construyendo sistemas que imitan capacidades que hasta ahora solo tenían los portadores de su imagen. Esto debería producirnos asombro antes que pánico, y también debería producirnos cautela antes que entusiasmo ingenuo. Las dos respuestas son apropiadas, pero por separado se vuelven distorsiones.
La pregunta que debemos hacernos no es simplemente si la IA es buena o mala. Esa formulación es perezosa porque pasa por alto que la cultura caída produce siempre las dos cosas a la vez. La pregunta correcta es más exigente: ¿la estamos construyendo y usando como sub-creadores fieles, refractando la luz, o como constructores de una nueva Torre de Babel que pretende llegar al cielo por sus propios méritos? El relato del Génesis no condena la arquitectura. Condena la motivación que dice «hagámonos un nombre». Y esa motivación es transversal a todas las épocas y a todas las tecnologías.
A esto se suma una observación que he tratado de desarrollar en otros lugares y que vale la pena adelantar aquí. La tecnología de nuestro tiempo no se limita a expresar la cultura, como hacían los movimientos artísticos del pasado. La está moldeando. Ya no es solo un termómetro de hacia dónde vamos como sociedad, es uno de los timones que decide hacia dónde nos movemos. Eso eleva la apuesta.
Una herramienta que solo describe puede ignorarse. Una herramienta que forma hábitos, captura atención y reorganiza la manera en que pensamos no se puede ignorar sin pagar un precio.
El cristiano que se desentiende de esto está dejando que otros decidan, sin contrapeso, en qué dirección refractamos colectivamente la luz que recibimos.
Por eso la postura adecuada no es la huida ni la rendición. No tenemos que rendirnos a los beneficios que la tecnología ofrece y auto-inmolarnos en los peligros que esconde. Y tampoco tenemos que pretender que estos peligros no existen para no arruinar el entusiasmo. Lo que necesitamos es entrecerrar los ojos para seguir viendo lo bueno —que es mucho— y al mismo tiempo identificar los ídolos que se levantan en honor a lo bueno y loable.
Pablo recorrió Atenas y vio sus ídolos en medio de su impecable retórica (Hch 17). Nuestra Atenas es digital, pero la lógica es la misma. Hay altares en los algoritmos que nos venden productividad sin descanso, validación sin comunidad, y omnisciencia sin humildad. El cristiano informado los identifica, los nombra, y propone otra cosa.
Entonces, ¿qué es SubCreadores?
SubCreadores es entonces, un espacio donde la fe y la tecnología se encuentran. No como dos extraños forzados a convivir, sino como lo que siempre han sido, dos expresiones de una misma realidad. Porque la tecnología no existe fuera de la providencia de Dios, y la fe no vive en un vacío aislado de las herramientas que moldean nuestra cultura.
Aquí vas a encontrar reflexión teológica sobre lo que la inteligencia artificial significa para nosotros como seres creados a la imagen de Dios. Vas a encontrar análisis práctico de las herramientas y tendencias que están transformando cómo trabajamos, aprendemos y nos comunicamos. Hará guías honestas para pastores, líderes y cristianos que quieren entender este mundo sin miedo y sin ingenuidad. Y habrá perspectiva bíblica sobre las preguntas éticas que la IA nos obliga a hacernos, muchas de las cuales no se habían formulado hace cinco años y otras que son tan viejas como el huerto.
No voy a decirte que la IA es el anticristo. Tampoco que es el salvador de la productividad humana. Voy a intentar algo más difícil. Pensar con claridad desde la Escritura sobre una tecnología que está reorganizando la vida ordinaria, para que tú también puedas hacerlo con tu propia inteligencia y tu propia conciencia.
Una invitación
Si eres pastor y no sabes por dónde empezar con la IA, este blog es para ti. Si eres cristiano y te preocupa lo que viene, este blog es para ti. Si trabajas en tecnología y te preguntas cómo integrar tu fe con lo que haces, este blog es para ti. Y si simplemente tienes curiosidad, también es para ti.
Todos somos sub-creadores. Lo que hacemos con esa vocación es una de las preguntas más urgentes que la cultura nos pone enfrente, y debemos pensarla con calma.
Bienvenido a SubCreadores.
- Traducción aproximada. Los versos de Tolkien en Mythopoeia resisten una versión exacta al español: el inglés literario que utiliza tiene una densidad y un cuño casi arcaico que no se transfieren del todo. Esta es una de las formas en que podría leerse en nuestro idioma, conservando la imagen central del prisma que refracta la luz del Creador.
Autor
Jacobis Aldana
Soy un pecador redimido por Jesucristo. Tengo el privilegio de estar casado con Keila y de criar juntos a Santiago y Jacobo. Pastor desde 2011, al mismo tiempo lidero una empresa de tecnología que sirve a otras organizaciones. Aprendiz perpetuo de muchas cosas y convencido de que no tenemos otro propósito en este mundo que glorificar a Dios en cada cosa que hagamos