Magnifica Humanitas: la encíclica del Papa que compara la IA con la Revolución industrial
León XIV firmó Magnifica Humanitas el mismo día en que León XIII firmó Rerum Novarum en 1891. El gesto fija el método y la apuesta: nombrar moralmente la IA antes de que el mercado y los gobiernos terminen de hacerlo solos.
León XIV firmó su primera encíclica el 15 de mayo de 2026 y es interesante porque esta fecha evidentemente no e escogió al azar. Es el mismo día en que, en 1891, León XIII firmó Rerum Novarum — el documento que la Iglesia católica considera, en palabras de Pío XI, la «Magna Charta» de su doctrina social.
El Papa lo dice sin rodeos en el cuerpo del texto: «en 1891 León XIII publicó la Encíclica Rerum novarum, cuyo 135° aniversario celebramos este año con profunda gratitud» (n. 3). Y deja caer la apuesta que organiza toda la encíclica nueva: si entonces la cuestión era el trabajo industrial, hoy la cuestión es la inteligencia artificial. Y puede ser peor.
En la presentación del documento, el lunes 25 de mayo en el aula del Sínodo, el Papa lo dijo en voz alta: «Hoy nos encontramos ante una transformación de magnitud semejante, quizá con consecuencias aún mayores«.
El gesto: una fecha que es un programa
León XIV no se llama así tampoco por casualidad. El nombre, la fecha de la firma y el lugar donde empezó a trabajar el documento — Castel Gandolfo, en julio de 2025 — son guiños deliberados a su predecesor de 1891. Eso no es nostalgia papal. Es un argumento. La Iglesia se inscribe en una tradición y reclama para sí un asiento en la mesa donde se está discutiendo qué hacer con la IA, igual que su tocayo lo reclamó en su momento frente al capital industrial.
El gesto se completó en el aula del Sínodo con un detalle que vale anotar. Entre los ponentes estaba Christopher Olah, cofundador de Anthropic, una de las compañías de IA de frontera. No es católico, no es creyente. Anthropic ha bloqueado el uso de su software por parte del Departamento de Defensa de Estados Unidos para fines bélicos, lo que la enfrentó con la administración Trump. Que el Papa lo recibiera con un «qué gran signo de esperanza es que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros» es leído por algunos como concesión a la industria.
Yo lo leo distinto: la Iglesia entiende que esta vez la conversación no se gana publicando un documento. Se gana sentando en la misma mesa a quien construye la tecnología y a quien la sufre.
Qué hizo Rerum Novarum, qué intenta hacer Magnifica Humanitas
Rerum Novarum no resolvió la cuestión obrera. Ni la pretendía resolver. Lo que hizo fue otra cosa, más útil a la larga: le puso vocabulario moral a una transformación que la política y la economía solas no estaban nombrando bien. Dignidad del trabajo. Salario justo. Función social de la propiedad. Primacía de la persona sobre el capital.
Antes de León XIII, esos términos no existían como categorías compartidas. Después, ningún debate serio sobre el trabajo pudo prescindir de ellos.
Magnifica Humanitas intenta lo equivalente con la IA. Su tesis operativa aparece en el párrafo 5:
En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente «privado», y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.
Esa observación es la traducción contemporánea del problema que enfrentó León XIII. Donde antes había patrones industriales con asimetría de poder respecto a los obreros, hoy hay corporaciones tecnológicas con asimetría de poder respecto a estados completos. El documento no toma posición política partidista. Lo que hace es nombrar la asimetría y exigir que se discuta moralmente, no solo regulatoriamente.
«Consecuencias aún mayores»: un cambio de época
La frase del discurso de presentación — que la IA puede tener consecuencias mayores que la Revolución industrial — sorprendió a parte del auditorio por su tono frontal. Pero descansa en una lectura que la encíclica desarrolla con cuidado. El párrafo 6 lo formula así:
Estamos viviendo una rápida fase de transición, un «cambio de época» en el que […] la mayoría de las personas permanece a la espera, observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien. Precisamente por eso se imponen en nuestra conciencia preguntas decisivas, que ya no pueden eludirse: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?
La revolución industrial reorganizó el trabajo, la vivienda, la familia y el tiempo libre durante dos siglos. La pregunta de la encíclica es si la IA está abriendo una transformación de profundidad parecida o mayor — y, sobre todo, si esta vez la mayoría va a «observar desde lejos» mientras un puñado de actores privados decide. La respuesta del Papa es que no se puede.
Babel o Jerusalén: el dispositivo central
Toda la encíclica se organiza sobre dos imágenes bíblicas que el Papa pone en el primer párrafo del documento:
La MAGNÍFICA HUMANIDAD que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.
Lejos de ser u adorno teológico, se trata de un modo de plantear que el problema con la IA no es la técnica en sí sino el corazón que la guía.
El Papa lo dice expreso en el párrafo 9: la tecnología «no es una solución a los problemas de la humanidad, como tampoco es un mal en sí; pero, concretamente, no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza«.
Babel, en su lectura, no es solo el orgullo de la torre. Es lo que llama el «síndrome de Babel»: la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la pretensión de un lenguaje único — incluso digital — capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos (n. 10). Jerusalén, en cambio, es la ciudad donde la técnica sirve a la convivencia. La pregunta del documento es cuál de las dos se está construyendo ahora mismo.
Los tres frentes prácticos
Aterrizado, el documento abre tres frentes concretos donde la IA está en juego.
El primero es dignidad. La encíclica dedica buena parte del capítulo II a recordar que el ser humano vale por lo que es, no por lo que produce. Y nombra a su contrario con precisión: «Entre estas ideologías considero particularmente insidiosa la que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos» (n. 51). La advertencia es clara para una economía que está empezando a medir a los trabajadores por la productividad asistida por IA — y que tiende a descartar al que rinde menos en esos términos.
El segundo es equidad. La encíclica introduce una idea interesante y es que hoy hay que incluir entre los bienes «destinados universalmente a todos» las nuevas formas de propiedad — patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas, datos (n. 67). Es la traducción de la doctrina del destino universal de los bienes al lenguaje del siglo XXI. Y aterriza con consecuencias prácticas: la encíclica pide «auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación» (n. 71). Esa lista es bastante más concreta que el promedio del discurso público sobre regulación de IA.
El tercero es guerra. El Papa fue muy explícito en el discurso de presentación. [FUENTE: discurso de presentación, no encíclica.] Habló de «sistemas de armas cada vez más autónomos, prácticamente fuera del alcance humano para gobernarlos eficazmente» y reclamó que la IA «sea desarmada«. Y aclaró: «la palabra es fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente porque este momento necesita palabras capaces de atraer la atención«. Conecta esa exigencia con la tradición del desarme nuclear de la Iglesia: «todo gran poder técnico puede afectar la vida de las personas y, por tanto, debe ir acompañado de un adecuado discernimiento moral y control público«.
Vale aclarar desde dónde se lee este blog. SubCreadores no es católico — es evangélico, con todo lo que eso implica en términos de relación con el magisterio papal. Eso permite, y obliga, a una lectura adulta del documento. No trato de abordar esto con triunfalismo ecuménico, pero tampoco quiero descartarlo por la distancia confesional.
Magnifica Humanitas pone sobre la mesa categorías que la conversación pública sobre IA estaba evitando porque no tiene tradición moral para sostenerlas: dignidad ontológica del ser humano (n. 52), primacía de la persona sobre la productividad, los datos como bien con destino universal. Y lo hace con peso institucional y todo el amplificador de la voz que posee. Eso un evangélico puede recibir con respeto, igual que en su momento muchos en el mundo protestante reconocieron en Rerum Novarum un documento que decía cosas que ellos también querían decir, aunque desde otro lugar.
Creo que esto también es un llamado al cristianismo confesional. Necesitamos pensar profundamente sobre los desafíos que representa la Inteligencia Artificial para el mundo y no quedarnos como meros observadores. Esto va mucho más allá de lo ético, como se puede ver, y nos convoca a pensar en ello de manera filosófica, antropológica y , por que no, escatológica.
Lo que un evangelico leería con matiz es la pretensión magisterial sobre la conciencia de los fieles. La doctrina social católica funciona como autoridad vinculante para los católicos. Para nosotros, la autoridad es la Escritura, y los documentos eclesiales son apoyos, no fuentes últimas. Aun así, la cosmovisión que sostiene la encíclica, imago Dei, mandato cultural, distinción entre construir Babel y edificar para la gloria de Dios, la compartimos de pleno.
Cuando León XIV dice que «en la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos» (n. 15), no hay evangelico serio que diga lo contrario.
Es importante mencionar además que no todo en el documento se sigue de la Escritura del modo en que el magisterio católico lo presenta. La doctrina del destino universal de los bienes, por ejemplo, tiene matices económicos y políticos donde un evangélico podría diferir. Pero ese debate es interno al cristianismo, no entre cristianos y la industria. En la mesa donde se decide qué hacer con la IA, Magnifica Humanitas es un documento que, desde nuestra esquina, vale la pena leer entero y citar sin prejuicio.
Rerum Novarum no detuvo la explotación obrera. Pero dejó un vocabulario sin el cual hoy no se puede hablar de trabajo decente. Magnifica Humanitas probablemente no detendrá ninguno de los abusos que ya están en curso con la IA. Lo que hace es dejar puesto sobre la mesa un suelo común — Babel o Jerusalén, dignidad o eficiencia, persona o dato — y una pregunta que la industria no se está haciendo con la seriedad que correspondería: ¿qué tipo de humanos queremos seguir siendo cuando el algoritmo decida más cosas que nosotros? El documento no tiene respuesta cerrada. Pero al menos tiene la pregunta bien hecha.
Autor
Jacobis Aldana
Soy un pecador redimido por Jesucristo. Tengo el privilegio de estar casado con Keila y de criar juntos a Santiago y Jacobo. Pastor desde 2011, al mismo tiempo lidero una empresa de tecnología que sirve a otras organizaciones. Aprendiz perpetuo de muchas cosas y convencido de que no tenemos otro propósito en este mundo que glorificar a Dios en cada cosa que hagamos