Hace unas semanas Nicole, del podcast Contracultura de Eternidad+, me invitó a conversar sobre redes sociales, fe y familia. Aceptó hacer una conversación larga, sin guion estricto, y eso me dio espacio para pensar en voz alta sobre cosas que normalmente uno solo tiene tiempo de decir en frases cortas. Salí de la grabación con la sensación de que había varias ideas que valía la pena dejar por escrito. Esto es lo que más me importa de lo que hablamos.
El problema de empezar por el diagnóstico equivocado
La pregunta que organiza casi toda conversación pública sobre redes sociales hoy es si somos «adictos». Es una pregunta legítima, pero llega con una trampa adentro. Si decidimos llamar adicción a lo que nos pasa con el teléfono, automáticamente entramos en un marco médico, y el marco médico nos lleva a buscar soluciones médicas: medicación, terapia conductual, técnicas de control de impulsos. Todo eso puede ser útil. Pero deja por fuera la mayor parte de lo que está pasando.
Hay debate académico real sobre si lo que vemos con redes sociales califica clínicamente como adicción o como «uso problemático». Yo prefiero salirme de ese debate y proponer otra entrada. Una regla sencilla de la consejería bíblica dice que para entender un problema conviene ponerle una etiqueta bíblica. Y la Biblia, sobre esto, no se queda corta. Habla de esclavitud. Habla de idolatría. Habla de dejarse controlar. Pablo lo dice con una claridad incómoda: «todo me es lícito, pero yo no me dejaré dominar por nada» (1 Co 6:12).
Esa es la pregunta que las redes nos obligan a hacernos. No «¿estoy enfermo?» sino «¿quién o qué me está controlando?».
El día que borré un post para volverlo a publicar
Algo que conté en la entrevista y que vale la pena repetir aquí, porque me sigue desafiando cuando lo recuerdo. Una vez se me ocurrió un post que me parecía especialmente bueno. Lo programé para las ocho de la mañana, calculando «buen horario de engagement», como si estuviera lanzando una campaña de marketing. A las nueve, una hora después, tenía ocho likes. Lo borré y lo volví a publicar pensando que era un problema del algoritmo.
Cuando me di cuenta de lo que había hecho, sentí vergüenza. No la vergüenza social de quedar mal frente a alguien. La otra. La que te avisa que algo en tu corazón se te salió de su lugar. Estaba postrándome ante una estatua que entrega y retira aprobación según unos números que no controlo, mientras el Padre que de verdad me conoce esperaba que mi día se sostuviera por otra cosa.
Esa es la religión moderna. El permiso de exhibirlo todo a cambio del aplauso de gente a la que, en el fondo, no le importas. El versículo que se nos olvida es claro: lo que haces en secreto, tu Padre lo ve y te recompensará. Las redes invierten esa lógica. Lo secreto deja de tener valor; solo importa lo que se publica.
Lo que pelea por nuestro corazón
Si reordeno todo lo que hablamos en la entrevista, lo que las redes nos disputan se condensa en cuatro frentes.
Idolatría. La validación que solo Dios puede dar la pedimos prestada a una pantalla. Y como toda validación humana es inestable, vivimos en un péndulo entre euforia y vacío.
Contentamiento. El scroll infinito está diseñado para que nada nos sea suficiente. Cada video pide otro. Cada vacación de otro nos hace ver la nuestra más pequeña. La adolescencia de nuestros hijos parece tener un termostato roto: cada vez se necesita más estímulo para sentir lo mismo.
Atención. No solo perdemos tiempo. Perdemos la capacidad de quedarnos en algo más de cinco minutos. Y la fe se cultiva, en buena medida, en la atención sostenida — la lectura paciente, la oración sin reloj, la conversación que no se interrumpe.
Privacidad y seguridad. Especialmente con los niños y adolescentes. Lo que se publica no se borra. Lo que se ve queda. Esto no es paranoia, es realismo.
Si reconoces alguno de estos, ya tienes el primer paso. Identificar es más de la mitad del trabajo.
Radicales sin ser extremistas
Una de las preguntas que más me hacen es si hay que desconectarse del todo. La respuesta corta es no, aunque haya gente que pueda hacerlo y le funcione. La respuesta larga es que cuando alguien borra todas sus aplicaciones en cinco minutos, motivado por la frustración, normalmente está atacando un síntoma. El alma sigue necesitando alimentarse de algo, y si no resolvemos qué hueco estaban llenando las redes, vendrá otra cosa a llenarlo. A veces algo peor.
Lo que sí podemos hacer es pasar a una relación utilitaria con la herramienta. Como con el dinero. La Biblia no le pide al cristiano que renuncie al dinero, le pide que no lo idolatre. Que lo use para lo necesario sin construir una vida espiritual alrededor de él. Lo mismo aplica aquí. Las redes deberían poder decir, si pudieran hablar, «estoy triste, este me usa solo cuando me necesita».
Para llegar ahí ayuda nombrar específicamente cuál red es tu problema. Redes sociales en plural es un escudo. Para algunos el problema es Instagram porque alimenta comparación o lujuria. Para otros es X porque alimenta enojo o FOMO. Para otros es TikTok porque drena horas. El Señor dijo «si tu ojo te es ocasión de caer, sácatelo». No dijo mátate. Dijo concentra el corte donde está el problema. Cerrar Facebook mientras te quedas viendo Reels cuatro horas al día no es radical, es un autoengaño con apariencia de victoria.
Una palabra para los padres
Aquí entra el otro lado de la conversación, el que más me pesa. Si los padres no nos hemos disciplinado en esto, vamos a tener poca autoridad moral para discipular a nuestros hijos. Y nuestros hijos necesitan que los discipulemos. La crianza no es otra cosa que discipulado prolongado.
Hay dos tentaciones simétricas. Una, sumergirnos tanto en el mismo mundo que no tenemos fuerza para sacarlos. Otra, quedarnos tan lejos —añorando los teléfonos fijos y los papeles— que no tenemos influencia para persuadirlos. El camino no está en ninguno de esos extremos, sino en aprender lo suficiente del entorno de ellos como para conversar con autoridad y sentido.
Un detalle pequeño, pero importante. Las propias plataformas no permiten cuentas a menores de catorce años. Cuando un padre habilita la cuenta de un niño de once mintiendo en la fecha de nacimiento, le está enseñando a ese niño dos cosas a la vez: que las reglas se saltan si convienen, y que la identidad se construye a partir de lo que le da likes. Cuesta encontrar un argumento de fondo a favor de eso.
Lo que sostiene todo esto
Cierro con lo que más me importa decir. Si lees todo esto y sientes que llegaste tarde, que ya hay un patrón instalado en tu casa o en ti, que el daño está hecho — escúchame. La sangre de Cristo es suficiente para cubrir negligencias y comodidades pasadas. Y nadie cría bien desde la culpa. La culpa paraliza, el evangelio mueve. Tu identidad como padre o madre no se decide por si tus hijos usan o no Instagram. Se decide por si descansas en Cristo y los discipulas con fidelidad desde ahí.
A nosotros nos toca ser fieles. Los resultados son del Señor. Y de paso, vale la pena recordarlo, no estamos solos en esto. Hay muchos padres y muchos creyentes peleando esta misma batalla. Conversaciones como la que tuve con Nicole son una de las maneras en que nos damos cuenta.
Esta reflexión nació a partir de una entrevista en el podcast Contracultura de Eternidad+. Si quieres escucharla completa, puedes verla aquí.
Autor
Jacobis Aldana
Soy un pecador redimido por Jesucristo. Tengo el privilegio de estar casado con Keila y de criar juntos a Santiago y Jacobo. Pastor desde 2011, al mismo tiempo lidero una empresa de tecnología que sirve a otras organizaciones. Aprendiz perpetuo de muchas cosas y convencido de que no tenemos otro propósito en este mundo que glorificar a Dios en cada cosa que hagamos